Cuatro aprendizajes de la educación digital que pueden tomarse para la educación ambiental

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Cuando cuento en una reunión social que hoy los chicos y chicas aprenden a programar desde sala de 4 años, no me creen. Me piden ejemplos y pruebas porque “debe ser un como si”. “¿Juegan a programar, no? ¿Hacen ruiditos sobre el teclado y actúan de hackers?”. Explico que no: que pueden darle instrucciones a un robot antes de aprender a leer, que hemos diseñado flujos de navegación para una app en tercer grado, y que en realidad vamos bastante más allá de la programación, con el pensamiento computacional y la ciudadanía digital.

No llegamos a esto mágicamente. Conectar IgualdadPlan Sarmiento, la Ley 26206, el PLANIED: fueron definiciones claras, legales y materiales que nos dieron un marco de transformación para la educación digital en Argentina. Y sobre él, la infinita paciencia y creatividad de directivos, coordinadores y docentes, para crear los nuevos planes de estudios al mismo tiempo que las condiciones básicas se iban estabilizando. La conectividad. Una didáctica de programación para niños. La propia formación docente.

En 2021 comenzó una nueva revolución en Argentina: se promulgó la Ley 27621 para la Implementación de la Educación Ambiental Integral. Parece demasiado decirle “revolución”. ¿Pero podemos recordar algún contenido de ecosistemas o deforestación de nuestro paso por la escuela hace infinitos años? Nadie se baña dos veces en el mismo río y, en este momento, el río en el que nos bañamos está muy contaminado. Tenemos que salir a la cancha con una educación ambiental Integral y el desafío es enorme, urgente, pero hay de dónde sacar ideas.

Les propongo entonces un ejercicio de transferencia: cuatro aprendizajes de la educación digital para la educación ambiental.

Imagen de archivo de una chimenea de una planta de carbón. EFE/EPA/FRIEDEMANN VOGEL
Imagen de archivo de una chimenea de una planta de carbón. EFE/EPA/FRIEDEMANN VOGEL

Ni nativos ni migrantes

“Si yo no tuve educación digital en mi trayectoria como estudiante y menos aún en mi formación docente, ¿cómo voy a poder integrar las TIC en mis clases?”. Además de la capacitación, las mentorías, la facilitación digital, lo que se logró en la comunidad educativa fue un vertiginoso cambio de mentalidad. Aprendimos a decir “no entiendo por qué no se carga esto” y dejar que un estudiante nos lo resuelva en dos clics. Lo digital nos hizo corrernos del lugar imaginario de quien todo lo sabe, fuente permanente del conocimiento. Porque existe un rol más importante e irreemplazable de los adultos en la educación: guiar a los y las estudiantes para reconocer lo que saben y lo que no, acompañarlos a ejercitar un pensamiento complejo y estratégico. En educación ambiental vamos a vivir el mismo vértigo, y podemos tener el mismo rol.

Estamos en vivo

Todas las disciplinas evolucionan y es imposible estar siempre al día. Pero en lo digital y en lo ambiental hay más sensación de urgencia, de actualización constante. Llevamos al aula fenómenos que nacieron hace pocos años, o que se están testeando ahora mismo. ¿Qué es mejor, reciclar plástico o prohibir su uso? ¿Cómo se evidencia el cambio climático? ¿Qué rol tiene la selva amazónica en la biósfera? ¿Qué son las soluciones basadas en la naturaleza? Ninguna de estas preguntas tiene una respuesta sólida, unívoca, con más de dos años de publicación. La educación ambiental, al igual que la digital, busca que enseñemos y aprendamos del presente y del futuro, más que del pasado. Estamos en vivo con la realidad y cualquiera de sus posibles futuros.

(REUTERS/Quetzalli Nicte-Ha)(REUTERS/Quetzalli Nicte-Ha)

Transversalizar

No lo vamos a resolver creando una asignatura nueva, específica, donde arrojar las preocupaciones ambientales una vez a la semana. Para la educación digital, no funcionó. Entender el lenguaje de los nuevos medios, trabajar con un sinfín de herramientas digitales cambiantes, pensarse en las redes sociales, recolectar, organizar y analizar datos ¿en 40 minutos semanales?

La transversalidad fue el único modo de alojar esta actualización masiva en la escuela. De forma análoga, la educación ambiental integral reúne tal cantidad de fenómenos sociales, culturales y biológicos que sólo puede encararse como un dispositivo transversal. Para traer el sueño de un desarrollo sustentable a las aulas, hay que repensar las cosas que consumimos, cómo desechamos, qué aceptamos de empresas y gobiernos, cómo ejercitamos el derecho a un ambiente sano. Trabajo inmenso que atraviesa disciplinas y horas cátedra, reclama formación específica y tiempos de planificación conjunta.

Tecnologías + sustentabilidad

Hablar de la dimensión ambiental es incómodo y puede poner a las personas a la defensiva:  Lisa Simpson no era exactamente la chica más popular de su curso. Vinimos al mundo a encontrarnos con una oferta de productos fantástica y cada vez más personalizada, que nos ahorra tiempo y nos entretiene. Un conocimiento que pida límites a este estilo de vida caerá pesado. Un conocimiento que habla de posibles desastres y calamidades es el invitado odioso de cualquier reunión.

Por eso la nueva educación ambiental debe basarse en crear soluciones e innovaciones para el mundo de hoy. Especializarnos menos, conectar más y mejor los puntos clave del mapa local y global. Incluye comunicar, convencer, conmover y sensibilizar. Crear trending topics “del bien”, crear emprendimientos de impacto social. Usar el carisma de los productos digitales, del diseño, del gaming, para hablar de estas formas nuevas de vivir. Es un vivir pleno de sentido, de empatía y de futuro, altamente sensible y más necesario que nunca.

Ana Fukelman es Lic. en Comunicación Social con orientación en Procesos Educativos de UBA, especialista en Educación digital y Digital Product Manager.

Infobae


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